DESDE LA MEMORIA ANCESTRAL: EL SUR VUELVE A ENSEÑARNOS A SER PUEBLO
Antes de que existieran los discursos vacíos y las promesas rotas, nuestros ancestros ya sabían cómo sostener una sociedad.
El Ayni, la Minka, el Ama suwa, ama llulla, ama qella no eran solo palabras: constituían un modo de vida de los pueblos. Quechuas y aymaras del sur peruano comprendieron, desde mucho tiempo, que el bienestar individual solo se alcanza si hay bienestar colectivo. De esta manera, se establecieron grandes culturas y se construyeron monumentos que hoy día son admirados por el mundo entero, no partiendo de la ambición, sino desde la solidaridad y la honestidad.
Esa herencia no se perdió. Vive en cada comunidad del sur. Vive en su gente.
Lo vimos con dolor durante las protestas, cuando la sangre de nuestros hermanos fue derramada injustamente. Mientras desde Lima se nos señalaba, se nos humillaba, se nos acusaba de estar “financiados” o de “perder el tiempo”, el sur respondía como siempre ha sabido hacerlo: uniéndose.
Con lo poco que se tenía, se compartía todo. Pasajes, alimentos, abrigo, apoyo. No por intereses políticos, sino por dignidad, por amor a la patria, por el profundo sentido del Ayni que aún late en nuestros pueblos.
Hubo madres, jóvenes, ancianos que salieron voluntariamente a alzar la voz, aun sabiendo el riesgo. Y el Estado respondió con balas. Las muertes en Juliaca y en Puno no fueron solo cifras: fueron hijos, hermanos, padres. Fueron heridas que aún no cierran.
Y hoy, nuevamente, el sur vuelve a mostrarnos quién es.
Hace poco, una tragedia dejó a tres niños huérfanos. Sin padre, sin madre. El dolor de ese niño quebró el corazón de muchos. ¿Y qué hizo el sur? Lo mismo de siempre: solidarizarse. Víveres, materiales, apoyo económico, manos unidas para construir una casa, para proteger la vida, para no dejar solos a quienes más lo necesitan.
Esto no es casualidad.
Es memoria ancestral viva.
El sur del Perú, los pueblos originarios quechuas y aymaras, nos recuerdan que cuando caminamos juntos, somos fuertes. Que cuando trabajamos de la mano, podemos lograr lo que parece imposible. No lo dicen los libros: lo demuestra su gente.
Tal vez el país entero debería mirar hacia el sur.
Tal vez ahí está la lección que hemos olvidado:
solo siendo pueblo, volvemos a ser humanos.
